Lo más difícil de toda la temporada en el instituto era dormir. Los días se pasaban largos, aburridos, grises, todos iguales. Fríos, dolorosamente fríos, si se puede. Días que empezaban a las seis, hora en que el poco mal sueño desaparecía, y en los que las visitas terminaban a las cinco, hora de la cena. Un horario inverosímil, y otra de tantas incomodidades que había que pasar estando allí.
Desde que tengo memoria mi familia ha tenido la pésima maña de hablar de asuntos desagradables en los momentos menos apropiados. Cirugías, enfermedades y similares durante el almuerzo, y horrorosos accidentes de tránsito justo durante los viajes por carretera. Mientras que Lorena desarrolló la capacidad de dormirse de inmediato apenas se subía a cualquier auto como mecanismo de defensa para evitar las nauseas, yo dormía apenas dos horas en los largos viajes Bogotá-Cali y Bogotá-Bucaramanga en altas horas de la noche.
Despegamos del aeropuerto de Lima alrededor de las 9:15 p.m. El Airbus A320 es reconocido por no ser tremendamente cómodo, aunque se pueden soportar dos horas en la misma silla. Pero la emoción del viaje, el hecho mismo de estar entre un avión despejaron toda posibilidad de dormir. Ni siquiera la pésima película ayudó. Ya en tierra eran las tres de la mañana y luego del trámite de inmigración y el recorrido al centro el sol ya había salido.
El amanecer en el Instituto siempre se veía sucio. Las nubes sobre el páramo ocultan la salida del sol y la atmósfera del lugar contribuían a terminar el acabado grisáceo de las mañanas heladas. Siempre tenía música conmigo, especialmente para evitar Melodía Estéreo en el PA. Esa misma música que hubiera servido como una mejor forma de pasar el tiempo en ese avión atravesando suramérica en la madrugada o en esas flotas siguiendo las curvas de las carreteras de la cordillera de los Andes. La compañía para seis horas de innecesaria vigilia, para esperar el atardecer sólo en un edificio que promete salud pero que es capaz de derrumbar cualquier espíritu.
A pesar de que el viaje más largo que haya hecho en tren sólo haya pasado por las 16 estaciones del tren suburbano Retiro-Mitre siempre he querido hacer un viaje largo en el ferrocarril. Amo los aviones sobre cualquier método de transporte, pero también es necesario recorrer la tierra pegado a ella, y en una forma más o menos más tranquila que recorriendo las carreteras. Todo viaje que no sea a pie es, de alguna manera, un movimiento estático. La banca del tren, el asiento del avión, la incomodísima poltrona de la flota, todos son sitios fijos-en-movimiento. El desplazamiento físico sin esfuerzo es muy similar, en esencia, a la ensoñación en la que me sumergía en el instituto para paliar la sensación de estar encerrado en un punto, un lugar en que la caminata no podía ser más que recorrer una y otra vez los 200 pasos con que se atravesaban de ida y vuelta ambas alas del piso de hospitalización. Como caminar pasillo arriba y pasillo abajo mientras la mente -o la máquina- se desplaza por uno. Sin la posibilidad de bajarse en la estación siguiente, en la parada de carretera, en las salas de espera de los aeropuertos en los que se hace escala. I wait at every stop for you to get on.
Conservo la necesidad de oir música mientras camino, mientras recorro la ciudad en bus, mientras consulto itinerarios, mientras trazo rutas en los mapas (volveré a ello después). Pronostico viajes al igual que el convalesciente camina esperando hacerlo fuera de su lugar de retención.