Archivos de la categoría ‘Sueños’

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V. (no tempo indication)

Octubre 23, 2009

Doce nombres, ninguno concordaba.

Llegamos juntos a Agosto. Esa quincena en la que desapareció sirvió para que, según ella, replanteáramos qué queríamos de toda esta situación, a dónde queríamos, podíamos y estábamos dispuestos a llegar.

Medio en broma, medio en serio le había propuesto matrimonio en Cuzco. Medio en broma, medio en serio, hicimos intercambio de anillos de juguete/compromiso. Hicimos planes, cálculos, cuentas: jamás me había sentido como un adulto, hasta ese momento, a pesar de todo.

Como siempre, planeé con suficiente anticipación una serie de eventos que, encadenados, llevarían a ese momento ideal en el que medio en broma, medio en serio se volvería en serio. Como fichas de dominó cayendo, los sucesos empezaron a encadenarse hasta ese momento ideal.

Y ella no apareció para ver todo el efecto de los sucesos encadenados. Busqué por todos lados, con todos los datos que tenía sobre ella, todos los datos que pude averiguar, toda la ayuda que pude recibir y más. Se había vuelto un fantasma, como si jamás hubiera existido.

Así hasta Diciembre.

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Intermezzo

Octubre 18, 2009

Avianca flight 287 is now boarding. This is the last call.

Me quité la ushanka y la guardé en el bolsillo interno de mi viejo abrigo. Era un helado lunes de mediados de enero y sabía que en Bogotá iba a estar casi a la misma temperatura para cuando saliera de inmigración y aduanas. Dos semanas en esta ciudad y por primera vez me sentía feliz de regresar a casa. Los hijos de Walter y Wendy Carlos fueron todo un éxito en vivo, en ese par de conciertos conseguidos por azar, mientras la buscaba sin éxito en cada rincón en que sabía podía haberla encontrado.

Unas por otras.

Todo sucedió muy rápido. Cuatro correos electrónicos cruzados, una oferta de pasajes, una charla corta con el resto de la banda y un vuelo zarandeado por inexplicables turbulencias. Una carta que no entregué (la quemé en el baño del muelle internacional de Eldorado), una conversación telefónica en la que lo significativo fueron los silencios y una promesa velada de volver. A pesar de los planes.

La banda había partido un par de horas antes. Quise conocer Dulles como si no fuera a regresar. Chica rutera sonaba una y otra vez en mis audífonos. Giré al sentir una mano sobre mi hombro mientras intentaba conseguir un taxi y sus ojos castaños claros estaban a menos de diez centímetros de los míos.

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II. Larghetto

Agosto 18, 2009

Decidí llamarla Marigold.

Un par de meses atrás había hecho el comentario de uncanny resemblance, pero esta vez era más cercano el parecido. Y como su nombre no era el de una diosa fenicia ni una princesa monegasca ni una presidenta que todo el continente odia ni una emperatriz rusa ni el de una primera dama, no veía por qué no.

A ella le gustaba el apodo que le había puesto y lo usaba para firmar los correos que me mandaba, las notas que me dejaba en portería cuando me quería sorprender, las tarjetas de los regalos que me daba. Algunas semanas nos veíamos todos los días, otras sólo un par de horas. Lloró abrazada a mí durante dos horas cuando le conté la historia completa de mi enfermedad. En su casa, después del concierto de Austin TV y Babasónicos, pasé toda la noche acariciando su cabeza mientras me contaba la historia de cómo sus padres se separaban y regresaban una y otra vez desde que ella tenía memoria, de los problemas que había tenido viviendo con ellos, juntos y por separado. Algunas tardes yo jugaba fútbol en la PS2 con su hermanito mientras ella dibujaba, otras ella hablaba con mi mamá mientras yo escribía los textos de la universidad.

Nunca hablamos de qué sentíamos por el otro. Nunca hubo un intercambio de palabras “románticas”. Estábamos juntos, pero no había títulos ni protocolos ceremoniosos de por medio. No era necesario. Todo era transparente. Incluso ese lunes en que llegó esa carta desequilibrante de Buenos Aires la comunicación entre ambos se mantuvo igual de abierta y honesta.

Pasaron los meses. Todo apuntaba a que éramos felices.

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Preludio/I. Allegro

Agosto 17, 2009

Aún no recuerdo su nombre.

“¿Segura que no nos habíamos visto antes?”, le pregunté por cuarta vez. “Hmm… La verdad, no del todo ya”, dijo. Esa tarde de martes no podía evitar interrumpirla o interrumpirme en medio de una charla inverosímilmente fluida para preguntarle lo mismo una y otra vez. Sí, todo indicaba que era la primera vez que nos veíamos, que en efecto Juan y Natalia acababan de presentarnos, pero la familiaridad era imposible de ignorar.

Cuando por fin abandonamos los cuatro ese café nuevo cerca a la universidad, decidí acompañarla a su casa, en parte porque sabía que allá iba a ser más fácil conseguir transporte a la mía a esa hora. En la puerta de su casa revisé el reloj un poco furtivamente, y comprobé que debía irme o pagar taxi. En ese abrazo largo de despedida respiré profundamente. Empecé a entrar en pánico.

Ya en casa, mientras terminaba de escribir el texto que debía entregar el día siguiente, recibí un correo en el que me pedía que nos volviéramos a ver pronto. La añadí a Gtalk. Su cuenta estaba registrada con un pseudónimo que esa tarde me había explicado. Quedamos en vernos el miércoles, después de clase. Tomaríamos un café y compartiríamos bus, ya que la ruta a su casa también me servía para ir al ensayo con la banda. Volví a  entrar en pánico cuando la abracé para despedirme esa tarde.