Archivos de la categoría ‘Metaficción’

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Keep the car running

Diciembre 17, 2009

Estaba terminando de cepillarme los dientes cuando sonó el teléfono. Escupí y fui a la sala mientras me secaba las comisuras de los labios.
–Aló.
–Hola, bola.
–…
–No me digas que creías que no te iba a llamar de cumpleaños.
–La verdad, no me lo esperaba.
-Pues feliz cumple… De verdad, de corazón. ¿No somos amigos?
–¿Tú qué crees?
–Ay, si yo te quiero, a pesar de todo…
–Claro, muy cómodo decir un “te quiero” soso y tibio mientras que yo dí el equivalente a sacrificar mi cojón izquierdo por ti. ¿Te parece válido que me encasilles en ese estúpido “somos amigos”? Vete a la porra.

Colgué. No estaba de humor para una escena como la que hubiera venido (y empeorado) de seguir esa charla sin sentido.

Regresé a mi cuarto, me puse la camisa y los zapatos. En el dock saltaba el ícono de Mail. Correo nuevo, nada que no pase en un cumpleaños.

…so I’ve decided to pay you a visit. I’ll be arriving on thursday…

Lo que faltaba.

Cerré el laptop, por pura costumbre metí unas partituras en el estuche del cello y salí de casa. La van dobló la esquina apenas salí del edificio. Subí el instrumento y me acomodé. En el camino jugueteé con la corbata que tenía en el bolsillo del pantalón, decidiendo el nudo que iba a usar. Medio Windsor: no tenía espejo y estaba en movimiento.

Llegamos al sitio del rodaje. 20 minutos después todos estábamos en la posición indicada en los libretos. Tomé mi arco y froté la tercera cuerda siguiendo la canción que sonaba en los altavoces del set.

Frené en seco.

La actriz.

Reapareció.

Los cuatro nombres que creía saber de ella desfilaron ante mis ojos. Me reconoció.

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Finale: Mässig Langsam

Octubre 30, 2009

“…Mi nombre real es…”

“Shhh”, le dije mientras ponía mi dedo en sus labios. “No importa, la verdad”.

Que hubiera elegido esa fecha para explicarse, después de haber desaparecido sin rastro por dos meses, parecía una broma de mal gusto. Ya parecía mucho un mal sueño que se hubiera esfumado, como si jamás hubiera existido.

“No me vas a creer”, dijo, “pero igual, por tonto que te parezca, todo tiene explicación”. Tomó mis manos, suspiró y continuó: “Lo que sabes de mi, lo que te conté, lo que has visto… no existe”.

Sus explicaciones se convirtieron casi en un manifiesto artístico, una cátedra de  vanguardias y un monólogo sobre cómo “arte” y “realidad” se pueden entremezclar hasta hacerse uno, y cómo a partir de esa idea se promulgó una escuela de teatro hiperrealista que buscaba hacer experimentos sociológicos poniendo sus montajes en medio de las vidas normales de personas al azar. Yo.

Mis viajes eran una bendición para el proyecto. Ella nunca estuvo molesta, sólo desaparecía cuando habían jornadas de planeación, reescritura de guiones, creación de transfondos, actualización de situaciones de la trama dependiendo de cómo fluía la vida.

La charla se prolongó por varias horas, en la que el llanto dio paso a una incredulidad silenciosa. Empecé preguntando muchas cosas pero, conforme iba entendiendo qué poco sabía en verdad de la persona que tenía en frente, qué tan poco en común tenía con la persona que había representado, mi silencio se fue prolongando y profundizando.

“La idea es que nunca volviera a contactarte. Se hicieron estudios y creíamos que lo mejor es que eventualmente te hicieras a la idea de mi desaparición y luego te daríamos alguna explicación verosímil que justificara mi ausencia. Sabíamos que te iba a hacer daño, pero yo preferí que supieras la verdad”. “Vete”, fue lo único que atiné a decir. “Por favor”.

Estuve sentado en esa banca hasta que el frío me obligó a volver a casa. Con el tiempo me volví un maestro en evadir las inquisiciones de mi familia sobre todo el asunto. Fue un año terriblemente largo, en el que sólo estar constantemente entre aviones ayudó a distraer un poco mi mente. Supe que lo difícil había pasado cuando empecé a hacer referencias sobre la situación en las letras de Los hijos de Walter y Wendy Carlos. Hasta este momento en el que recopilo todo lo que recuerdo, lo escribo y lo dejo como un muy necesario contexto para este álbum.

Suena el teléfono. Reconozco el número que me bota el identificador de llamadas.

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V. (no tempo indication)

Octubre 23, 2009

Doce nombres, ninguno concordaba.

Llegamos juntos a Agosto. Esa quincena en la que desapareció sirvió para que, según ella, replanteáramos qué queríamos de toda esta situación, a dónde queríamos, podíamos y estábamos dispuestos a llegar.

Medio en broma, medio en serio le había propuesto matrimonio en Cuzco. Medio en broma, medio en serio, hicimos intercambio de anillos de juguete/compromiso. Hicimos planes, cálculos, cuentas: jamás me había sentido como un adulto, hasta ese momento, a pesar de todo.

Como siempre, planeé con suficiente anticipación una serie de eventos que, encadenados, llevarían a ese momento ideal en el que medio en broma, medio en serio se volvería en serio. Como fichas de dominó cayendo, los sucesos empezaron a encadenarse hasta ese momento ideal.

Y ella no apareció para ver todo el efecto de los sucesos encadenados. Busqué por todos lados, con todos los datos que tenía sobre ella, todos los datos que pude averiguar, toda la ayuda que pude recibir y más. Se había vuelto un fantasma, como si jamás hubiera existido.

Así hasta Diciembre.

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IV. Scherzo/Adagio Maestoso

Octubre 22, 2009

“¿Llamando a Hugo?”, me preguntó, como si quisiese pasar como el tío chistoso que todos tenemos, un sujeto de unos cuarenta años.

Era la primera vez que vomitaba en un baño de bar en mi vida. Era muy temprano para beber. Llevaba una hora esperándola después de no saber nada de ella durante dos semanas y el pánico me llevó a arrodillarme frente a esa taza.

Aún pensaba que había sido un error contarle todo lo que había pasado en esas semanas en Maryland y el DC. No había hecho nada, pero si algo había aprendido los últimos años es que decir la verdad no trae nada bueno.

Enjuagué mi boca y salí por unas pastillas de menta. Creía entender por qué había dejado de contestar pero no el contraste de actitudes entre los días después que hablé con ella luego de mi regreso y su “desaparición”. Llegué a pensar que la forma en que había tomado mi “confesión” era señal inequívoca que todo iba a funcionar a largo plazo. Luego desapareció sin más, y pasaron quince días sin señal alguna de ella, hasta que recibí un sms en el que me citaba en ese bar al que había llegado con innecesaria anticipación. Me asusté al leer las primeras tres palabras del mensaje, esas tres palabras que juntas nunca traen nada bueno. Tenemos que hablar.

Volví a entrar mientras miraba el reloj: 11:15 p.m. exactas.

“¿Quién soy?”, preguntó mientras tapaba mis ojos. La abracé de inmediato.

Treinta y un minutos de conversación después, sus labios se acercaron a los míos.

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III. Allegro Assai

Octubre 18, 2009

Me había despertado una llamada de mi hermano a Skype. Mi maleta estaba lista, esperándome junto a la silla en la que estaba mi ropa.

Volví de la cocina con un vaso de agua mientras ella terminaba su café. Mientras entraba, me quedé absorto en su espalda desnuda.

Ya no estaba seguro de qué sentía por nadie.

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Intermezzo

Octubre 18, 2009

Avianca flight 287 is now boarding. This is the last call.

Me quité la ushanka y la guardé en el bolsillo interno de mi viejo abrigo. Era un helado lunes de mediados de enero y sabía que en Bogotá iba a estar casi a la misma temperatura para cuando saliera de inmigración y aduanas. Dos semanas en esta ciudad y por primera vez me sentía feliz de regresar a casa. Los hijos de Walter y Wendy Carlos fueron todo un éxito en vivo, en ese par de conciertos conseguidos por azar, mientras la buscaba sin éxito en cada rincón en que sabía podía haberla encontrado.

Unas por otras.

Todo sucedió muy rápido. Cuatro correos electrónicos cruzados, una oferta de pasajes, una charla corta con el resto de la banda y un vuelo zarandeado por inexplicables turbulencias. Una carta que no entregué (la quemé en el baño del muelle internacional de Eldorado), una conversación telefónica en la que lo significativo fueron los silencios y una promesa velada de volver. A pesar de los planes.

La banda había partido un par de horas antes. Quise conocer Dulles como si no fuera a regresar. Chica rutera sonaba una y otra vez en mis audífonos. Giré al sentir una mano sobre mi hombro mientras intentaba conseguir un taxi y sus ojos castaños claros estaban a menos de diez centímetros de los míos.

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II. Larghetto

Agosto 18, 2009

Decidí llamarla Marigold.

Un par de meses atrás había hecho el comentario de uncanny resemblance, pero esta vez era más cercano el parecido. Y como su nombre no era el de una diosa fenicia ni una princesa monegasca ni una presidenta que todo el continente odia ni una emperatriz rusa ni el de una primera dama, no veía por qué no.

A ella le gustaba el apodo que le había puesto y lo usaba para firmar los correos que me mandaba, las notas que me dejaba en portería cuando me quería sorprender, las tarjetas de los regalos que me daba. Algunas semanas nos veíamos todos los días, otras sólo un par de horas. Lloró abrazada a mí durante dos horas cuando le conté la historia completa de mi enfermedad. En su casa, después del concierto de Austin TV y Babasónicos, pasé toda la noche acariciando su cabeza mientras me contaba la historia de cómo sus padres se separaban y regresaban una y otra vez desde que ella tenía memoria, de los problemas que había tenido viviendo con ellos, juntos y por separado. Algunas tardes yo jugaba fútbol en la PS2 con su hermanito mientras ella dibujaba, otras ella hablaba con mi mamá mientras yo escribía los textos de la universidad.

Nunca hablamos de qué sentíamos por el otro. Nunca hubo un intercambio de palabras “románticas”. Estábamos juntos, pero no había títulos ni protocolos ceremoniosos de por medio. No era necesario. Todo era transparente. Incluso ese lunes en que llegó esa carta desequilibrante de Buenos Aires la comunicación entre ambos se mantuvo igual de abierta y honesta.

Pasaron los meses. Todo apuntaba a que éramos felices.

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Preludio/I. Allegro

Agosto 17, 2009

Aún no recuerdo su nombre.

“¿Segura que no nos habíamos visto antes?”, le pregunté por cuarta vez. “Hmm… La verdad, no del todo ya”, dijo. Esa tarde de martes no podía evitar interrumpirla o interrumpirme en medio de una charla inverosímilmente fluida para preguntarle lo mismo una y otra vez. Sí, todo indicaba que era la primera vez que nos veíamos, que en efecto Juan y Natalia acababan de presentarnos, pero la familiaridad era imposible de ignorar.

Cuando por fin abandonamos los cuatro ese café nuevo cerca a la universidad, decidí acompañarla a su casa, en parte porque sabía que allá iba a ser más fácil conseguir transporte a la mía a esa hora. En la puerta de su casa revisé el reloj un poco furtivamente, y comprobé que debía irme o pagar taxi. En ese abrazo largo de despedida respiré profundamente. Empecé a entrar en pánico.

Ya en casa, mientras terminaba de escribir el texto que debía entregar el día siguiente, recibí un correo en el que me pedía que nos volviéramos a ver pronto. La añadí a Gtalk. Su cuenta estaba registrada con un pseudónimo que esa tarde me había explicado. Quedamos en vernos el miércoles, después de clase. Tomaríamos un café y compartiríamos bus, ya que la ruta a su casa también me servía para ir al ensayo con la banda. Volví a  entrar en pánico cuando la abracé para despedirme esa tarde.