“…Mi nombre real es…”
“Shhh”, le dije mientras ponía mi dedo en sus labios. “No importa, la verdad”.
Que hubiera elegido esa fecha para explicarse, después de haber desaparecido sin rastro por dos meses, parecía una broma de mal gusto. Ya parecía mucho un mal sueño que se hubiera esfumado, como si jamás hubiera existido.
“No me vas a creer”, dijo, “pero igual, por tonto que te parezca, todo tiene explicación”. Tomó mis manos, suspiró y continuó: “Lo que sabes de mi, lo que te conté, lo que has visto… no existe”.
Sus explicaciones se convirtieron casi en un manifiesto artístico, una cátedra de vanguardias y un monólogo sobre cómo “arte” y “realidad” se pueden entremezclar hasta hacerse uno, y cómo a partir de esa idea se promulgó una escuela de teatro hiperrealista que buscaba hacer experimentos sociológicos poniendo sus montajes en medio de las vidas normales de personas al azar. Yo.
Mis viajes eran una bendición para el proyecto. Ella nunca estuvo molesta, sólo desaparecía cuando habían jornadas de planeación, reescritura de guiones, creación de transfondos, actualización de situaciones de la trama dependiendo de cómo fluía la vida.
La charla se prolongó por varias horas, en la que el llanto dio paso a una incredulidad silenciosa. Empecé preguntando muchas cosas pero, conforme iba entendiendo qué poco sabía en verdad de la persona que tenía en frente, qué tan poco en común tenía con la persona que había representado, mi silencio se fue prolongando y profundizando.
“La idea es que nunca volviera a contactarte. Se hicieron estudios y creíamos que lo mejor es que eventualmente te hicieras a la idea de mi desaparición y luego te daríamos alguna explicación verosímil que justificara mi ausencia. Sabíamos que te iba a hacer daño, pero yo preferí que supieras la verdad”. “Vete”, fue lo único que atiné a decir. “Por favor”.
Estuve sentado en esa banca hasta que el frío me obligó a volver a casa. Con el tiempo me volví un maestro en evadir las inquisiciones de mi familia sobre todo el asunto. Fue un año terriblemente largo, en el que sólo estar constantemente entre aviones ayudó a distraer un poco mi mente. Supe que lo difícil había pasado cuando empecé a hacer referencias sobre la situación en las letras de Los hijos de Walter y Wendy Carlos. Hasta este momento en el que recopilo todo lo que recuerdo, lo escribo y lo dejo como un muy necesario contexto para este álbum.
Suena el teléfono. Reconozco el número que me bota el identificador de llamadas.



RSS - Posts