Estaba terminando de cepillarme los dientes cuando sonó el teléfono. Escupí y fui a la sala mientras me secaba las comisuras de los labios.
–Aló.
–Hola, bola.
–…
–No me digas que creías que no te iba a llamar de cumpleaños.
–La verdad, no me lo esperaba.
-Pues feliz cumple… De verdad, de corazón. ¿No somos amigos?
–¿Tú qué crees?
–Ay, si yo te quiero, a pesar de todo…
–Claro, muy cómodo decir un “te quiero” soso y tibio mientras que yo dí el equivalente a sacrificar mi cojón izquierdo por ti. ¿Te parece válido que me encasilles en ese estúpido “somos amigos”? Vete a la porra.
Colgué. No estaba de humor para una escena como la que hubiera venido (y empeorado) de seguir esa charla sin sentido.
Regresé a mi cuarto, me puse la camisa y los zapatos. En el dock saltaba el ícono de Mail. Correo nuevo, nada que no pase en un cumpleaños.
“…so I’ve decided to pay you a visit. I’ll be arriving on thursday…
Lo que faltaba.
Cerré el laptop, por pura costumbre metí unas partituras en el estuche del cello y salí de casa. La van dobló la esquina apenas salí del edificio. Subí el instrumento y me acomodé. En el camino jugueteé con la corbata que tenía en el bolsillo del pantalón, decidiendo el nudo que iba a usar. Medio Windsor: no tenía espejo y estaba en movimiento.
Llegamos al sitio del rodaje. 20 minutos después todos estábamos en la posición indicada en los libretos. Tomé mi arco y froté la tercera cuerda siguiendo la canción que sonaba en los altavoces del set.
Frené en seco.
La actriz.
Reapareció.
Los cuatro nombres que creía saber de ella desfilaron ante mis ojos. Me reconoció.

